LA MAR DIVINA
Una tarde de verano había quedado con Amanda para ir a la playa
AMANDA es una mujer muy bella, alta, sensual, con ojos color avellana y bien planta. Nos conocimos en un mal momento de mi vida, (yo había perdido el empleo y mi capacidad económica era muy débil, de hecho no tenía ni un mal coche con que desplazarme) Ella, sin embargo, esta muy bien acomodada, disfrutando de buena salud, posee una casa, dinero. Tiene un buen trabajo en la Sanidad y gana mucho dinero, por eso, la mayoría de las veces, la cuenta la paga ella
Lo me parece mal porqué me siento inútil y pobre, aunque sólo atravieso una mala racha. Que más temprano que tarde tiene que acabar, o por lo menos eso espero
Bajó de su casa. Yo la esperaba en la puerta del edificio. – Vive en un lugar privilegiado de la ciudad.
La finca es espléndida y el edificio es magnifico, solo viven personas acomodadas, no en vano, en algunos círculos, se considera el sector como ciudad de patricios. Nos dimos un beso en el encuentro y nos dirigimos al garaje a recoger su coche.
Estaba soberbia, únicamente llevaba el bañador y una blusa blanca muy corta que le dejaba las pernas al descubierto. Parecía una modelo, con esa blusita de flecos que colgaban por el borde de la camisa.
Llegamos a la playa, tiene muchos arrecifes, elegimos ésta porque le gusta bucear y descubrir los paisajes marinos; era una playa solitaria, únicamente había un par de pescadores que intentaban arrancar del mar los majares, pero al parecer no tenían mucha suerte.
Bajamos por el acantilado, el camino es tortuoso. Ella iba delante con sus chanclas y en algunas ocasiones el escabroso sendero le hacia dar traspiés y la blusa se levantaba, dejándome ver el bonito culo que tiene. Tumbados sobre el arenal, en aquel pequeño trocito de playa, contemplábamos el atardecer de oro y cielo, únicamente el ruido de las olas, rompía la calma que se respiraba. Empezó a darse crema por el cuerpo, debido a que su piel es blanca y lechosa, y aún que los rayos de sol eran pobres, sería una pena que se quemara, pues su piel es muy delicada.
Me pidió que le pusiera bronceador por la espalda. Froté mis manos con la crema y empecé a acariciarle el cuerpo semi-desnudo; siguiendo por las piernas y las nalgas. Le bajé los tirantes de su bañador y quedó el dorso al descubierto, la crema se deslizaba por su espalda al contacto de mis manos.
Amanda estaba tumbada sobre la toalla, mantenía una posición divina y majestuosa, parecía una sirena varada a la orilla del mar. Yo me alteraba con las caricias, la frotaba y acariciaba, la contemplaba tendida y al miraba fijamente, su cuerpo me excitaba. Tuve una buena erección, en ese momento, ella se levantó de repente, cogió las gafas de buceo y exclamó…
- ¡Vamos a bañarnos!.
- El agua debe estar muy buena.
Nos metimos en el mar. el contacto con el agua fría, mando a la mierda la erección, me sentí jodido y frustrado.
- «Mira que ocurrírsele ahora entrar a bañarnos», pensé.
Estuvimos buceando un buen rato, mi cuerpo empezaba a notar el frío, quería salir del agua, el sol estaba declinando, seguimos nadando en dirección a la costa, la cogí de la mano, después de la cintura. Ella se entusiasmó con todo lo que veía; «pequeños bancos de peces, corales, rocas de colores, algas y muchos erizos negros que salpicaban el fondo marino».
Bajé mi mano desde la cintura y empecé a tocarle el culo. Parecía como si no se diera cuenta, le apretaba las nalgas y ni siquiera se inmutaba. Poco a poco, la fui conduciendo hasta la orilla, la erección crecía con violencia y se instaló de nuevo. Le puse la mono allí. Ella la apretó y el contacto de ambas manos desveló su pensamiento. No estaba ausente a mis caricias en la playa, cuando le tocaba el culo mientras nadaba.
- Ella también se había excitado. Supuse
- ¡Se ha puesto caliente! Imaginé
No dije nada y seguí imaginado por qué aún no se puede hablar bajo el agua.
Buscamos un lugar donde hacer pie. No perdimos el tiempo, nos quitamos las gafas de buceo y los tubos, le bajé el bañador, sus tetas colgaban preciosas. Había puesto mis pies sobre un seguro arenal, estaba ansioso y eufórico. Ella también lo estaba y no lo disimulaba. Le bajé el bañador hasta los tobillos. Ella frotaba con su mano el bulto de mi bañador, la giré por la cintura y se la clavé. Ella jadeaba cada vez que la masajeaba. Sus enormes tetas flotaban, las olas nos empujaban. Ella exclamaba y se agitaba con los movimientos.
- El torbellino casi nos hace caer.
Amanda, tuvo varios orgasmos, pude contar hasta tres, uno por detrás y dos más por el otro lado. Pero yo, no me pude aguantar, me fui sin darme cuenta.
- De haber estado en un lugar más cómodo, estoy seguro que hubiéramos tenido posibilidades de batir algún récord.
Regresamos a la playa por otro lugar de la costa, no quería que los pescadores nos vieran salir del mar. Recogimos las cosas y nos fuimos al coche. Yo, después de lo bien que se había pasado, estaba más inquieto que nunca, necesitaba seguir con la fiesta. A ella le sucedía lo mismo, a tenor de lo que decía, sus palabras me excitaban.
Subimos al coche y cogí el volante, busque una cala donde poder mitigar el calor. El lugar era bonito, rodeado de pinos. Desde allí, cerca de la carretera y bajo los árboles, se podía ver el mar que estaba iluminado por el rojo crepúsculo que se pierde por el horizonte.
Tumbados bajo los pinos, nos besamos y acariciamos, le quieté el otro bikini que se había puesto y sus enormes tetas se derramaron. Le pasé la lengua por todo su cuerpo. Tenía sabor a sal. Ella hizo lo mismo, me quitó el bañador, que aún estaba húmedo y me chupo por todas partes. Yo también estaba impaciente y sudoroso, y con sabor a salitre.
Amanda tenía el culo duro y tenso por haber movido las piernas al nadar.
- Yo no podía resistirme más.
- Estuvimos un buen rato tocándonos y jugueteando.
- Ya no me podía aguantar, tenía que meter por algún lado.
Amanda ya había tenido varios órganos. Me senté sobre ella y la puse a mamar; mientras con mi mano se la tocaba y buscando su clítoris para pajearla. Notaba como se movía al ritmo que la chupaba, sus sordos gemidos crecían, cada vez que lo tragaba. Con mi dedo la refregaba. La metía y sacaba, mientras la masturbaba. Ella desesperaba, chupaba y chupaba con frenesí. No lo podía resistir, no aguantaba, la saqué de repente y chorreé toda su cara. Chupé el néctar de su cara con mi lengua y luego se la clavé por delante.
- Es formidable sentir como se mueve esa mujer.
- Después de la corrida la saqué sintiéndome débil y agotado.
- Nos tumbamos durante unos minutos y…
Poco después recogimos y nos marchamos.
- Necesitaba reponer fuerzas, cenar y descansar.
- El ejercicio había acabado conmigo.
- Ya no tengo veinte años.
DON PERO, 2024




