V Cosas de vivos y muertos

Mar 10, 2026 by

Es cierto: siempre ha habido otros tiempos que, en ocasiones, recordamos. Cuenta la fábula que, allá por el siglo VIII antes de Cristo, algunas ciudades mantenían costumbres de las que hoy no guardamos memoria.

Dícese de una vez que, en el vientre oscuro del sepulcro, una mujer permanecía arrodillada, lamentando a pérdida de su difunto mientras sollozaba:

  • Hoy es un día triste. He perdido a mi hombre. Una terrible enfermedad me lo ha arrebatado -se lamentaba.

En su afligida desorientación, la desventurada joven no le restaba sino elevar súplicas a sus dioses, implorando la paz eterna para el alma de su esposo.

El cadáver del finado se encontraba posado sobre el lecho sepulcral, presentado ya el rigor mortis en su frío semblante. Su inerte cuerpo quedaba expuesto; la victima solo contaba treinta años de juventud.

Mientras tanto, en la bóveda oscura del sepulcro, la joven esposa lloraba amargamente su tristeza. Los sollozos de la muchacha rebotaban en las paredes de la catacumba, mientras las cristalinas lágrimas de la viuda resbalaban por sus mejillas. La pequeña atesoraba trece primaveras y tan solo dos como esposa desamparada.

La muchacha se sentía solo y triste, pues en un abrir y cerrar de ojos se había visto transformada, sin apenas quererlo, en una paria desde el mismo instante de la defunción de su esposo. Con el paso de las horas descubrió que se había quedado sola y, también pobre y desahuciada.

Durante el duelo, la joven empezó a tomar conciencia de su edad, pensando que aún conservaba suficiente juventud para seguir viviendo.

  • Aunque sin él ¿Qué será de mí? -se preguntaba.

Mientras la joven deducía su terrible porvenir, el tenue resplandor de la linterna de aceite hería la tiniebla del sepulcro. Allí, en un silencio sepulcral,  la silueta de la viuda se dibujaba bajo su túnica, surgiendo en la opresiva penumbra del subsuelo.

Por otra parte, no muy lejos de la necrópolis, en el puntos más alto del montículo, colgaba de una soga el cuerpo de un reo que había sido ajusticiado por su villanía. En esa misma atalaya, un soldado de guardia custodiaba el cuerpo; había recibido ordenes de vigilarlo para evitar que camaradas o familiares intentaran darle sepultura.

Pronto, los llantos y suspiros de la viuda alcanzaron las inmediaciones del montículo. El joven soldado escuchó aquel plañido incesante, lo que le indujo a abandonar la vigilancia para averiguar de dónde venían aquel sollozo.

Tras descubrir la ubicación del sepulcro, el soldado penetró en su interior. Allí encontró a la mujer arrodillada y desconsolada. La pena atenazaba el frágil cuerpo de la muchacha, quien deseaba abandonar este mundo. Al contemplar la escena el guerrero se apiadó de ella e intentó consolarla ofreciéndole un poco de agua limpia y pura.

La amabilidad del vigilante consiguió abril en la joven un hilo de seducción. La mirada de los amantes hizo que naciera el deseo en tan delicado momento, una pasión que los llevó hasta la felicidad… El guardián había llegado y el mausoleo había conquistado. La viuda no la dudó y a él se entregó. Parecía que todo había pasado, pero entonces surgió la pregunta: ¿de verdad había finalizado?

El guardián regresó a su lugar de guardia para seguir con su tarea, cuando una desagradable sorpresa estalló frente a sus ojos: el reo había desparecido. Asustado, regresó al sepulcro gritando que los familiares del condenado habían robado el cuerpo. Arrepentido y sabiendo que los jueces lo castigarían por abandonar su deber, el soldado desenvainó su espada para quitarse la vida.

De pronto, la joven viuda detuvo el brazo del soldado diciendo:

  • ¡Alto! Basta ya. No quiero perder en un solo día a los dos hombres de mí vida. Es mejor colgar a un marido muerto que perder a un joven amante vivo.

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