En el umbral de las virtudes intransitables

Cuando el calendario gregoriano indicaba la mañana de un viernes, once de enero de dos mil tres, una sofocante presión nubló el paisaje, el pecho se encogió, la lluvia se precipitó y la represión creció. Las gotas de sudor resbalaron por la frente.
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La cosa no anda bien.
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Amenaza tormenta.
Nadie se halla seguro aunque todo está a punto de empezar: el blog, la charla y la conferencia.
Un pequeño grupo empieza a trabajar cuando de repente Él se presenta.
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Viene embozado, oculto y enmascarado.
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No llega como de costumbre.
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No ha presentado su habitual tarjeta de visita.
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Ha aparecido de repente, a traición, de forma diferente, distinta y de otra manera.
Su afluencia viene por las bandas, por el lateral, por los lados, por diestro y por siniestro o si se prefiere por babor y estribor, pero de improviso, sin avisar y cuando nadie lo esperaba.
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Ha surgido de pronto.
Lo mismo que una gran depresión que se desplaza rápidamente invadiendo todo el sistema; como una súbita tormenta que desencadena su furia para crear un tsunami de dolor, frío y sudor.
Se ha presentado como una horrible sensación o pesadilla que se abalanza penetrando y presionado el método hasta llegar a colapsarlo.
El miedo aparece uniéndose al apuro y luego a la preocupación cuando Aldo-Lorido dice…
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Necesito aire.
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Quiero respirar.
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Tengo mucho calor.
Su rostro esta desencajado, cadavérico y pálido. Se siente mareado y angustiado al levantarse de la silla que ocupa frente al ordenador y dice…
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Me voy a casa.
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Algo no anda bien.
Nadie de los presentes se ha percatado. Ninguno espera el desencuentro. Todos en algún momento pierden la reacción y ninguno la distingue. […] Él ha llegado y el general Bombín se ha alterado e intenta saber y conocer, pero es inútil. Esta lejos y sin saber qué ocurre.
- Se preocupa.
- Quiere acercarse para atender.
- Pero se encuentra lejos.
- ¡Sí! Muy lejos.
Naturalmente, frente al general, una muralla infranqueable de ordenadores -filas y filas de computadoras- cierran el paso -es muy difícil llegar donde Él se ha presentado-, pero aún así lo intenta. […] Mientras Susana-Torio habla animadamente con Johnny-Mentero cuando de pronto observa como el rostro de Aldo-Lorido se transforma e inmediatamente reacciona diciendo…
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Me lo llevo a urgencias.
Johnny-Mentero, no sabía muy bien qué era lo que estaba pasando, hacía unos instantes que había conectado el computador y estaba confundido -se hallaba en una encrucijada- ¿atendía la llegada o enchufaba el cable del ordenador? Se ha de decir que Mentero es experto en informática.
No obstante, mientras se debate en tomar una decisión aparece Alan-Brito que acaba de llegar pero que aún no se ha familiarizado con la situación que se vive aunque en aquel instante los que completan la unidad metódica humanitaria éramos: Bombín, Susana-Torio, Aldo-Lorido, Johnny-Mentero, Alan-Brito y Él, que llegó entrono a las nueve de la mañana, minuto arriba o minuto abajo.
Pues la llegada de Él fue en silencio porque ninguno lo invitó y nadie lo llamó. Es decir, se presentó de repente y sin avisar aunque después de todo no pasó mucho tiempo para que la aventura se transformara en preocupación porque si el general no se hubiera preocupado en remolcar a sus discípulos hasta el área de informática y Susana-Torio no hubiera empezado a comentar con Aldo-Lorido cuando éste había terminado de escuchar a Paco-Jerte posiblemente no hubiera pasado nada y todo habría sido totalmente diferente o sea, no hubiera sido igual. […] Pues la mañana hubiera sido primaveral y el sol hubiese brillado en las alturas y la suave brisa hubiera movido las ramas de las palmeras y muy posiblemente las aves se hubiesen despertado como todos los días para dar la bienvenida a la amanecida y hubiera sido muy posible que Él no hubiese aparecido. […] Por lo cual, pasear por la eternidad hubiera sido distinto y las vecinas: Nata, Jazmín y Caramelo hubiesen estado correteando por el salón mientras que la voz de su madre, riñéndolas, se habría escuchado desde el piso inferior donde Aldo-Lorido estaría leyendo la novela “El efecto Lucifer. El porqué de la maldad” del escritor Phylip Zimbardo… sin embargo, no ocurrió así porque fue diferente, o sea, distinto. […] Pues si Susana-Torio, que venía descubriendo todos los semáforos no cambiantes y todos los vehículos mal estacionados que interrumpían la circulación -estaba realmente preocupada porque Él se había instalado cómodamente y presionaba el pecho de Aldo-Lorido con verdadera fuerza y la angustia de Lorido que se multiplicaba y la respiración se agitaba. […] No obstante, se ha de decir que en el turismo viajan tres: Él, que se metió sin avisar. Aldo-Lorido, que no podía respirar y Susana-Torio, que conducía mientras decía en voz alta…
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No sé si llegaré a tiempo.
El tráfico se amontonaba y los obstáculos no cesaban. Los semáforos no cambiaban y los coches no se apartaban. Susana-Torio vivía una difícil situación porque había que llegar al hospital -frente a ella un escenario infernal ya que el tiempo era factor esencial- cuando de pronto escuchó la voz de Aldo-Lorido diciendo…
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Parece que el dolor está remitiendo.
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Necesito respirar.
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¿Cómo abro la ventanilla?
En ese preciso instante la pregunta formulada sorprendió a Torio pues cayó en la cuenta de que tenía la calefacción encendida y Lorido necesitaba respirar aire del exterior entonces cerró el paso de calor y abrió la ventanilla del vehículo.
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Aldo-Lorido, pálido y demacrado, sacó la cabeza por la ventanilla y buscó el aire que necesitaba.
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Lorido respiraba con dificultad.
No en vano, hace un instante ha dicho que el dolor está remitiendo.
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Ese pensamiento tranquilizó a Susana-Torio.
No obstante, en la tarea se había producido una complicada situación que era preciso solucionar porque la represión había crecido ya que si Susana- Torio no hubiera tenido los reflejos de tomar la decisión muy probablemente las cosas hubiesen sido de otra forma. Es más hubieran sido incomparablemente diferentes porque el momento hubiese sido muy distinto si en vez de conducir Susana-Torio lo hubiera hecho Aldo-Lorido -en el mercedes- ¿habría llegado a casa?, y ¿de haber sido así?, hubiese recogido a Vida y ambos se hubieran trasladado a buscar a Nube -la nieta- para pasear por el parque y jugar con las palomas y tirar piedras en el estanque de los patos. Por lo que, desde esta perspectiva, la situación hubiera o hubiese sido muy distinta y en realidad así lo fue porque si Aldo-Lorido no hubiera viajado desde el vehículo hasta la camilla donde perdió el conocimiento – difícilmente hubiese caminado entre nubes- y recorrer los senderos desconocidos, y atravesar paisajes ocultos. […] Pues pasear por la eternidad y cruzar puentes invisibles cubiertos por densa niebla y surcar mares infinitos de extensa calima para divisar en lontananza la multitud figuras extraordinarias que lo esperan al final del corredor y hasta donde Él lo ha empujando. […] Naturalmente, Aldo-Lorido camina sereno, aunque desdeña la progresión. Sin embargo, la ilusión, el silencio y la satisfacción de lo hallado lo anima a continuar recorriendo la amplia sabana que lo invita a caminar. […] Un páramo repleto de columnas -a diestra y siniestra- lo recibe, pero estas pronto desaparecen y se transforman en esbeltos cipreses de espigadas figuras que, a su paso, se convierte en deliciosos paisajes que invitan a recorrer la gran avenida donde una lejana multitud mira, invita y sonríe. […] Aunque luego, sin explicación aparente, esa misma multitud se aleja cuando Aldo-Lorido la intenta alcanzar, provocando una extraña sinergia que lo desconcierta. […] Pero todavía se siente bien y no desea regresar. Esta encantado de haber llegado a ese lugar conquistado -una gran biblioteca circular que se pierde por el universo y donde buscará una palabra “Templanza”, una de las cuatro virtudes cardinales consistentes en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón…cuando, de pronto, un acreditado estímulo trepana la epidermis para penetrar por la vía principal acarreando el estrepitoso despertar en el umbral de las virtudes intransitables.
Don Pero, a nueve de enero de 2019.




